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SOLIDARIDAD SIN LÍMITES. (Periódico “El Mundo”)

COVID-19

Solidaridad sin límite: la familia de misioneros que comparte con 11 acogidos su confinamiento por el coronavirus

Daniel, Lola y sus siete hijos llevan años conviviendo en la ‘Misión Emmanuel’ con personas rescatadas de la exclusión social

Daniel Almagro y Lola Díaz, misioneros al frente de la Misión Emmanuel de la Asociación Abraza África, acogen en su instalaciones a varios inmigrantes. ANTONIO HEREDIA

A Naiara, brasileña, la crisis del coronavirus le ha costado su trabajo en negro cuidando a un anciano. Se veía de nuevo en la calle junto a su hija de un año. Paola, hondureña, llegó a España perseguida y herida de bala por su activismo a favor de la comunidad LGTBI. Confía en ser admitida como refugiada. Mammadou, senegalés, pasajero de patera, sólo aspira a trabajar. Vidas embarrancadas a las afueras de Madrid. “Esto es la periferia”, dice Daniel desde un huerto plantado de ajos con vistas a los modernos edificios de Tres Cantos.

Daniel Almagro y su mujer, Lola Díaz, son enfermeros, misioneros laicos, padres de familia numerosa y de la Misión Emmanuel, una comunidad de acogida que iniciaron hace seis años a su regreso de Chad. Cuando el miedo a la pandemia alzó recelos, bloqueó fronteras, ellos no cerraron la puerta.

A principios de marzo entró Paola; a finales, Naiara. Y entretanto nació su último chaval, Pedro Nolasco. Vino al mundo en un momento difícil. Fue separado de Lola porque ella había dado positivo en la prueba del Covid-19. Todos se encuentran bien. Todos: la pareja, sus siete hijos y las once personas -la mayoría, africanas- con quienes comparten su vida y, desde marzo, el confinamiento. ¿Demasiados? “En septiembre llegamos a tener 17”, recuerda Daniel.

Se reparten entre una austera casa de piedra para los acogidos, el garaje que acondicionó la familia para instalarse y un par de módulos de camión. El proyecto se basa en la responsabilidad. Los más jóvenes estudian Formación Profesional. Todos deben participar en las tareas de la vivienda, asistir a talleres de habilidades sociales, de refuerzo del idioma, de costura y trabajar en el huerto ecológico. Su fundador no esconde quién manda. “Les exijo porque la vida les va a exigir, la realidad no es un mundo de derechos y ya está”.

Ni entradas de voluntarios ni salidas a clase. Las normas del confinamiento hacen que esta mañana la comunidad se encuentre, como el día tristón, un poco baja de tono. Daniel se anima al citar la última iniciativa. Liderados por Paola, comenzaron a fabricar mascarillas esterilizables. A ensamblar viseras de protección. Recibieron el agradecimiento del Ayuntamiento de Tres Cantos y del Hospital Dr. R. Lafora. Pero del esfuerzo se beneficiaron ellos mismos. “Hacen una rutina, sienten que colaboran, que no son inútiles ni receptores de ayudas”, comenta con orgullo.

De la pequeña zona infantil -columpio, suelo verde y canasta- llegan ecos de gritos. “Mis hijos”, explica Daniel , “lo viven con total naturalidad”. Los mayores se pelean con la wifi y los deberes mientras por la modesta finca corretean varios pequeños, el gato Miau y la coneja Elisabet. Un gallo sin bautizar languidece aburrido en un corral enterito para él.

VOLUNTARIOS QUE LA FINANCIAN

La ‘misión Emmanuel’ está apoyada por la ONG ‘Abraza África’, por los voluntarios que la financian y prestan apoyo de todo tipo. Daniel la vincula “al cristianismo como forma de vida, no como religión”. Tiene carácter ecuménico, abierto a otros credos. Nadie está obligado a asistir a la celebración católica en la capilla pero todos se unen en la cena posterior.

“No me siento nada especial, esto lo puede hacer cualquiera…”, contesta el fundador y al minuto se corrige, “… sin fe no lo puedes hacer”. Describe una vivencia “intensa y abundante, con mucha dificultad y mucha felicidad”. Entre las satisfacciones, haber integrado a medio centenar de personas “descartadas por la sociedad” que hoy tienen techo, contrato y camino propio. A su lado, Lola experimenta “una vida libre, donde todo es dado y compartido”.

Daniel se desmarca del asistencialismo y de la caridad mal entendida. “La acogida está dirigida ahora mismo a la dependencia, no a la independencia, a dar un recurso durante un tiempo y, cuando se lo quitas, no saben moverse”. También cambiaría cosas en su Misión Emmanuel. “Fue concebida para que estén como máximo un año y medio, pero crea un acomodamiento, tienen que ver un final“. Desde su periferia demanda al Gobierno una salida al “limbo” de los ‘sin papeles’ para darles la oportunidad de un “arraigo real”.

17 años lleva Naiara en España. Saltando sin documentos sobre el alambre de la exclusión. Rememora sus noches, hace no mucho, durmiendo en la entrada del Metro, el trabajo de día, la breve visita a su hija. Esta crisis amenazaba con hundirla. “Me he quedado sin comer, nunca fue tan difícil”, reconoce. Encontró un salvavidas y mañana buscará otro lugar “para amueblar un poco la cabeza”.

Sereno, con un crucifijo de madera al cuello, Daniel considera que el coronavirus “nos ha desnudado, nos ha hecho sentirnos frágiles”. Sus esfuerzos se centran ahora en reubicar a los acogidos porque el 10 de junio tendrán que dejar la finca, propiedad del Canal de Isabel II, y pese a las promesas aún no tienen destino. Les gustaría seguir cerca de Madrid, donde él y Lola trabajan. Confían en que alguien se anime a ayudarles. La incertidumbre les preocupa por mucho que se encuentren habituados. “Nosotros somos siempre vulnerables, estamos siempre a la intemperie”.

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